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Día Mundial de la Justicia Social

Acapulco, Gro. 16 de febrero de 2020

Comunicado 07-20

Cada veinte de febrero celebramos el Día Mundial de la Justicia Social. Esta celebración tiene la intención de promover que cada persona pueda lograr un estilo de vida digno, en el que por su trabajo obtenga lo necesario para vivir y disfrute de aquel orden de justicia en el que, a partir del reconocimiento de la igual dignidad de todas las personas, cumpliendo nuestras obligaciones, respetemos los derechos de cada hombre y de cada mujer. 

La justicia social implica acabar con la pobreza y la desigualdad social. “La sociedad asegura la justicia social en la medida en que implementa las condiciones que permiten a las personas y a los grupos, conseguir aquello a lo que tienen derecho según su naturaleza y vocación; la justicia social está estrechamente ligada con el bien común y con el ejercicio de la autoridad” (Catic 1928). “Hace más de setenta años,… Los gobiernos reconocieron que la protección social, los ingresos básicos, la atención médica para todos y la educación universal eran inherentes a la dignidad humana fundamental y, por lo tanto, a los derechos humanos fundamentales” (Papa Francisco).

+ Hace unos días en el taller sobre “Nuevas formas de fraternidad solidaria, inclusión, integración e innovación”, el Papa Francisco expresó: “Quisiera comenzar con un dato de hecho. El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan en nuestro alrededor. Según informes oficiales el ingreso mundial de ese año será de casi 12,000 dólares per cápita. Sin embargo, cientos de millones de personas aún están sumidas en pobreza extrema y carecen de alimentos, vivienda, atención médica, escuelas, electricidad, agua potable, y servicios de saneamiento adecuados e indispensables. Se calcula que aproximadamente cinco millones de niños menores de 5 años este año morirán a causa de la pobreza. Otros 260 millones carecerán de educación debida a falta de recursos, las guerras, las migraciones.

Esta situación ha propiciado que millones de personas sean víctimas de la trata y de las nuevas formas de esclavitud, como el trabajo forzado, la prostitución y el tráfico de órganos. No cuentan con ningún derecho y garantía, ni siquiera pueden disfrutar de la amistad o de la familia”. 

+ Mirando nuestra Patria con ojos de discípulos de Jesús, los obispos expresábamos: “Hoy vivimos situaciones que nos han rebasado en mucho y que son un verdadero calvario para personas, familias y comunidades enteras, en una espiral de dolor a la que por el momento no se le ve fin. Muchos pueblos en nuestro país experimentan constantemente la inseguridad, el miedo, el abandono de sus hogares… Reconocemos con dolor la manera como se han introducido entre nosotros estas plagas que nos impiden avanzar como una sociedad floreciente y que constituyen una verdadera trampa: la corrupción, la impunidad y la falta de respeto por el cumplimiento de la ley, entre otras situaciones dolorosas que se han ido anidando como forma de vida en el actuar de cada día” (PGP 56 y 59).

+ “Estas realidades no deben ser motivo de desesperación sino de acción”.   Si hay recursos, se tiene la posibilidad de cambiar las dinámicas que excluyen a tantas personas, por otras que sean de incluir, alimentar, curar y vestir a todos ellos, y esto es tarea de todos.    

Cuando el Papa Francisco vino a nuestra Patria, en su encuentro con las autoridades, sociedad civil y el cuerpo diplomático, nos decía: “A los dirigentes de la vida social, cultural y política, les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familias, y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz.

Esto no es solo un asunto de leyes que requieran actualizaciones y mejoras – siempre necesarias -, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro, como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional. Es una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias, tanto públicas como privadas, tanto colectivas como individuales”.

+ ¿Qué podemos hacer para favorecer aquellas condiciones que hacen justa nuestra sociedad? 

= A nivel mundial se señala la industria de la guerra como una de las causas más grandes de la injusticia social: “es dinero y tiempo al servicio de la división y de la muerte. El mundo pierde cada año billones de dólares en armamentos y violencia, sumas que terminarían con la pobreza y el analfabetismo si se pudieran redirigir”. En nuestra Patria es muchísimo lo que se destina a tratar de conseguir la necesaria seguridad. Esos recursos aliviarían mucho otras necesidades. ¿Cómo colaborar? Nunca seamos una amenaza para nadie. Fortalezcamos cada día nuestra decisión de hacer el bien y de dirimir problemas y desacuerdos en el diálogo. Hagamos posible que nadie se vea tentado a comprar un arma para defenderse. La confianza mutua es la base más firme de la convivencia y también de los negocios. 

 = La ganancia puesta al centro del actuar humano es fuente de grandes injusticias, de muchos crímenes y delitos. En el corazón del actuar humano ha de estar el servir: nos necesitamos, la orientación fundamental de nuestro ser es hacia los demás. Si buscamos madurar, saber mucho y desarrollar nuestras capacidades y posibilidades sea para servir mejor. Sirviendo tengamos la justa ganancia para vivir dignamente. Volver a aquella mirada tan antigua del dinero: es para facilitar el comercio y para generar fuentes de vida. La especulación de capitales ha creado una enorme brecha social y privado a muchos de lo necesario para vivir.  

= Educarnos para la justicia. Tres cosas pueden ayudarnos: habituarnos a decidir nuestras acciones no en base a conveniencias, sino de acuerdo a lo que en conciencia vemos que es justo; en nuestra palabra y en nuestro actuar esforzarnos en ser respetuosos de la dignidad de las personas; superar el instinto de venganza que busca devolver el mal recibido, ante una ofensa busquemos la manera de restablecer el orden de justicia.  

En este sentido es importante que la familia realice su misión de educadora en la justicia; que los padres sean verdaderos formadores en los valores, para que los niños aprendan desde pequeños a ser compartidos y justos. La escuela, por su parte, ha preocuparse por inculcar valores de ética social, como fuente de una sana y justa convivencia.

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