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Cuaresma, camino hacia la Pascua

Les saludo a todos con mucho afecto y cariño en Dios, nuestro Padre: «La Paz esté con ustedes». A lo largo de la Cuaresma es costumbre, en nuestra Arquidiócesis, celebrar los Actos Penitenciales en las Parroquias, colaborando los padres de cada Decanato. Invito a todos a valorar y aprovechar este Oasis de Misericordia para reconciliarnos con Dios.

Cuaresma, camino hacia la Pascua

Con el favor de Dios, el próximo miércoles iniciamos el santo tiempo de la Cuaresma. Es un tiempo especial de gracia. Dios viene a nuestro encuentro para que nosotros estemos más cerca de Él, en su abrazo paterno. Nos llama a vivir la Pascua del Señor Jesús, uniéndonos a su muerte de una manera todavía más amplia, mediante la conversión de nuestro corazón para participar de un modo más abundante de la Vida Nueva que nos alcanzó con su resurrección, y de la que nos ha hecho participar en nuestro Bautismo. Así cada año, Dios nuestro Padre nos ayuda a acompasar más fielmente nuestro corazón con el latir del Corazón de Jesús, nos reviste de su bondad y misericordia. Por ello nos decía el Papa San Juan Pablo II: “Jesucristo mismo es la gracia más sublime de la Cuaresma. Es Él mismo quien se presenta ante nosotros en la sencillez admirable del Evangelio: de su palabra y de sus obras. Nos habla con la fuerza de su Getsemaní, del juicio ante Pilato, de la flagelación, de la coronación de espinas, del vía crucis, de su crucifixión, con todo aquello que puede conmover al corazón del hombre”. No hagamos duro nuestro corazón.

Iniciamos este tiempo con el gesto litúrgico de la imposición de ceniza sobre nuestra cabeza. En el pueblo de Israel este gesto era muy común, como signo de penitencia. En la Iglesia lo recibimos sólo este día, como expresión de que aceptamos la invitación de Jesús a creer en la Buena Noticia de su amor y dirigir a Él nuestra vida. “Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente, nos dice el Papa Francisco. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?… La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece”.

¿Cómo volver nuestros pasos hacia aquello que permanece? La Cuaresma nos invita a vivir la oración, el ayuno y la limosna. Estas tres prácticas nos hacen volver a las tres únicas realidades que no pasan. “La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir” (Papa Francisco). 

Fijemos los ojos en Jesús. La Cuaresma nos invita de muchas formas a mirarlo en la cruz. Con los brazos abiertos a todos. Ahí hay espacio para cada uno y para cada una, sin excluir a nadie. Con el costado abierto, dándonos paso libre hasta su corazón, porque entregó su vida por cada uno y por cada una, sin excluir a nadie. Una gracia muy grande de cuaresma es mirar a Jesús clavado en la cruz y como Pablo tener esta firme convicción: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”.  Hace un año nos decía el Papa Francisco: “Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor, nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. ¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría”.

¡Un buen camino hacia la Pascua!

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre 

+Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco 

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Acapulco, Gro. 18 de mayo de 2020 Nuestro hermano, el Padre Fr. Abelardo Aranda Echeverría, …

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