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Timonel: Abrir las puertas… escuchar las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre y el Señor, Jesús Resucitado: “La Paz esté con ustedes”. El mes de junio está dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. Hagamos nuestras las virtudes del corazón de nuestro Salvador y pongámonos al servicio de nuestros hermanos.

Abrir las puertas… escuchar las maravillas de Dios en nuestra propia lengua

¡Hoy es Pentecostés! Hoy culmina el tiempo de Pascua. Gracias al Espíritu Santo podemos vivir cada día la vida nueva que Cristo ha alcanzado para nosotros con su muerte y Resurrección, la vida nueva de los hijos de Dios. Quisiera reflexionar en un rasgo de esta vida nueva que nos es muy necesario:

El Espíritu Santo hace posible que nos entendamos. Todos oían a los apóstoles hablar en su propia lengua, y se congregó una gran muchedumbre en torno a ellos. Es lo opuesto a Babel, donde los hombres no lograron entenderse y se dispersaron. En Pentecostés los apóstoles hablaban de las maravillas de Dios, es decir, de su infinito amor por nosotros. El amor es un lenguaje que todos entendemos. En Babel hablaban de “ser famosos”. En la cúspide de la fama solo hay lugar para unos pocos. Los demás quedan descartados y aún esos pocos luchan entre sí para descartarse. El Espíritu Santo nos encamina a la unidad. El Papa Francisco nos ha indicado que para construir la convivencia social es necesario empeñarnos en restablecer la unidad en los conflictos.

“La unidad prevalece sobre el conflicto”.

= Conflictos no nos faltan. Surgen cada día. Hay ocasiones en que no nos entendemos ni a nosotros mismos. Un día dijo San Agustín: “Había llegado a ser para mí mismo un gran interrogante”. No encontraba sentido a su vida. Somos diferentes a las personas con quienes hemos de convivir cada día: pensamos distintos, vemos las cosas de diferente manera, muchas veces no pensamos ni opinamos lo mismo, nuestros intereses son distintos… y, así las cosas, muchas veces nos parecemos a aquel grupo de erizos que en un día muy frío buscaban estar cerca para darse calor unos a otros, pero al acercarse se herían. Pasaron frío, sufrieron heridas hasta que encontraron la distancia adecuada para darse calor y no herirse. En otras ocasiones no falta egoísmo, celos, envidia o mala voluntad con las que hacemos sufrir o con las nos hacen sufrir el tormento que un sapo infringía a una luciérnaga que iluminaba en la noche. El sapo con rabia buscaba aplastarla, y la luciérnaga le preguntó: “¿por qué me aplastas?” El sapo le respondió: “Porque brillas”. ¡Cuántas personas hay que no soportan el brillo de otros, y cuántas veces nos pasa lo mismo a nosotros! En fin, conflictos no faltan: de la persona consigo misma, con otra persona o con otro grupo de personas. Para construir un pueblo en paz, justicia y fraternidad, donde las diferencias se armonicen en un proyecto común, se necesita estar convencidos de que la unidad es más valiosa que el conflicto.

De entrada, el Papa nos dice dos cosas muy importantes: la primera, el conflicto no puede ser ignorado, la segunda: tampoco podemos quedarnos atrapados en él.

= Ignorar un conflicto es dejar que la rotura se haga más grande. Dice el Papa: “Ante el conflicto algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida”. Es no tener valor para reconocerlos como verdaderos conflictos o no vernos capaces de enfrentarlos y mejor disimulamos que no hay conflicto alguno; o pensar ingenuamente que con el paso del tiempo se van a resolver, o esperamos que otros los resuelvan, olvidando que son nuestra responsabilidad. Ignorar un conflicto real no es cosa buena.

= No quedar atrapados en el conflicto: Si quedamos atrapados en un conflicto, perdemos la visión amplia de la vida, porque la atención está centrada en el conflicto, y no se puede pensar en otra cosa. Es más, muchas veces el conflicto no resuelto significa un doloroso límite físico, como cuando una comunidad no puede utilizar el camino que atraviesa el espacio vital de otra comunidad con la que están en problemas. Dice el Papa: “Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones (la tensión, frustración o agresividad) y así la unidad se vuelve imposible”.

= Entonces, ¿cómo actuar? Con palabras del Papa: “Hay una tercera manera, la más adecuada de situarse ante el conflicto”. ¿Cuál es? Primero: Aceptar sufrir el conflicto, es decir, reconocer que realmente estamos en un conflicto; segundo, resolverlo; y tercero, transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso.  La resolución del conflicto ha de hacerse en un plano superior a las posturas en pugna, conservando las virtualidades valiosas de cada una de ellas. Ese es el punto que hemos de buscar: reconocer lo bueno de la otra postura y unirlo a lo bueno de la nuestra. “Esto, nos dice el Papa, hace posible desarrollar una comunión en las diferencias… la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida”. Al armonizar las diferencias, se superan los conflictos en una nueva y prometedora síntesis.

Miren como para superar los conflictos se ocupa no reprimir ni tragarnos la tensión, la frustración y la agresividad que aparecen cuando los enfrentamos, porque nos carcomen por dentro y nos enferman, ni tampoco explotar violentamente convirtiendo a los demás en víctimas de nuestra falta de control. “La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una diversidad reconciliada”.

“La unidad prevalece sobre el conflicto”. Este principio es un principio evangélico: el Señor Jesús unificó en sí todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, en Él Dios y el hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu han quedado unidos para siempre. Cristo es nuestra paz. Y esta paz es posible porque el Señor ha vencido al mundo y su conflictividad, “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”. Mirando estos textos de la Sagrada Escritura, el Papa nos dice que “si vamos al fondo de ellos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es en nuestra propia interioridad, en nuestra propia vida… Con corazones rotos… será difícil construir una auténtica paz social”.

“Ven, Espíritu Santo, admirable constructor de la unidad”.

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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