Timonel

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. El mes de mayo es el mes de María. Que cada día de este mes nos cobijemos al amparo de nuestra Dulce Madre del Cielo y sintamos cercana su bendición maternal.

Desde ahora oremos por las vocaciones

El próximo domingo celebraremos la Jornada Mundial de Oración por las vocaciones. Les invito a empezar a vivirla desde ahora. Con grande esperanza dirijamos nuestra atención y pidamos a Dios por tantos niños, adolescentes y jóvenes que al mirar hacia el futuro le preguntan: “¿Qué quieres de mí, Señor? ¿Cuál es la vocación a la que me has llamado desde antes de que me fueras formando en el seno de mi madre?” Pero también dirijamos nuestra atención a tantos niños, adolescentes y jóvenes que no pueden levantar su mirada hacia el futuro, porque ese horizonte para ellos ha quedado oscurecido por alguna de esas tantas cosas que nos roban la esperanza y convierten nuestra vida en un simple andar que no sabemos ni nos importa a dónde va. “Ponerles atención” es hacernos cercanos, escuchar y atender el cansancio que los sobrecarga para que puedan surgir las esperanzas que toda persona alberga en su interior. Pidamos al Señor por ellos.

El mensaje del Papa Francisco para esta Jornada de Oración nos habla de la valentía de arriesgar por la promesa de Dios y nos invita a reflexionar sobre cómo “la llamada del Señor nos hace portadores de una promesa y, al mismo tiempo, nos pide la valentía de arriesgarnos con él y por él”: promesa y valentía son los dos aspectos de la vocación que el Papa nos invita a considerar.

+ Promesa y valentía: A la raíz de toda vocación hay un encuentro que nos cautiva con la promesa de una alegría sumamente grande, capaz de llenar nuestras vidas. Lo miramos con grande claridad en la vocación al matrimonio. Todo empieza con un “me gustas” que al paso de los días, por el conocimiento mutuo se convierte en un “no puedo ya pensar mi vida sin ti. Que nunca tengamos que separarnos”. Esa misma promesa descubre quien escucha el llamado de Dios a la soltería: se mira consagrando su vida en un servicio que llena de sentido y de profundo gozo su entrega de cada día, como cuando una hija o un hijo ven el sentido de su vida en consagrarse al cuidado de su padre o de su madre ancianos, de un hermano o hermanita que no puede valerse por sí mismos, o como cuando alguien mira su vida en la completa dedicación a la educación y cuidado de niños y adolescentes, o en el cuidado y consuelo de los enfermos, o en la investigación sobre cosas que serán para la humanidad fuente de una vida mejor.

Lo mismo sucede en la vocación a la Vida Consagrada y al Sacerdocio. Hay un encuentro con el Señor Jesús que a través de alguna circunstancia hace mirar en esa vocación un gozo muy grande. Un muchacho seminarista me platicaba que él se sintió atraído al sacerdocio, al acompañar al sacerdote de su parroquia en las visitas a los ancianos y enfermos para llevarles el consuelo, el perdón de Dios y la Eucaristía como alimento. Gozaba al mirarse en ese servicio. “Abrazar esta promesa de felicidad que intuimos en el llamado del Señor, requiere el valor de arriesgarse… debemos implicarnos con todo nuestro ser y correr el riesgo de enfrentarnos a un desafío desconocido”.

+ “La llamada del Señor,… es la iniciativa amorosa con la que Dios viene a nuestro encuentro y nos invita a entrar en un gran proyecto, del que quiere que participemos,… cada uno de nosotros está llamado –de diferentes maneras– a algo grande,…”. No dejemos que nuestra vida quede atrapada en lo absurdo de una rutina sin sentido, mucho menos en las trampas del mal que a quien primero destruye es a quien lo realiza: lo hace ladrón, extorsionador, asesino, defraudador, de la maña… Eso destruye nuestro mismo ser: somos un bien de Dios para la humanidad.

+ “En el encuentro con el Señor, alguno puede sentir la fascinación de la llamada a la vida consagrada o al sacerdocio ordenado. Es un descubrimiento que entusiasma y al mismo tiempo asusta, cuando uno se siente llamado a convertirse en “pescador de hombres” en la barca de la Iglesia a través de la donación total de sí mismo y empeñándose en un servicio fiel al Evangelio y a los hermanos. Esta elección implica el riesgo de dejar todo para seguir al Señor y consagrarse completamente a él, para convertirse en colaboradores de su obra. Muchas resistencias interiores pueden obstaculizar una decisión semejante,… Y, sin embargo, no hay mayor gozo que arriesgar la vida por el Señor. En particular a vosotros, jóvenes, me gustaría deciros: No seáis sordos a la llamada del Señor. Si él os llama por este camino no recojáis los remos en la barca y confiad en él. No os dejéis contagiar por el miedo, que nos paraliza ante las altas cumbres que el Señor nos propone. Recordad siempre que, a los que dejan las redes y la barca para seguir al Señor, él les promete la alegría de una vida nueva, que llena el corazón y anima el camino”.

Orar para que todos cada día escuchemos la voz del Señor y acojamos su llamado es construir la paz desde muy dentro, porque su llamado siempre es el camino por el que cada persona realiza lo que es: un bien de Dios.

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González
Arzobispo de Acapulco

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