Timonel

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

 

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. El próximo viernes de dolores, recordamos con mucha fe y devoción a la Patrona de la Diócesis, Nuestra Señora de la Soledad. Al recordarla, hagamos el compromiso de luchar para que las mujeres ya no sufran más, y pidamos a la Reina del Cielo que ayude a las madres que sufren por la pérdida de sus hijos a manos de la violencia.

 

De la mano de María en el camino a la pascua

 

La Cuaresma ya casi toca a su fin. La próxima semana habremos de acompañar al Señor Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén y vivir con Él su pasión, muerte y resurrección. No dejemos pasar nada más así estos últimos de Cuaresma. La Iglesia nos ha invitado a detenernos en nuestro vivir tan acelerado, para mirar a Jesús puesto en la cruz del Calvario y en otras muchas cruces de nuestros prójimos, y volver a la Casa del Padre, donde podemos participar de la vida nueva de hijos de Dios que Jesús nos alcanzó con su Misterio Pascual. La Virgen María, nuestra Madre, nos acompaña en nuestro caminar hacia la Pascua. Mirémonos de su mano, junto a ella. El próximo viernes, en la tradición de la Iglesia, es mirado como el “Viernes de dolores”, y en él celebramos la fiesta de “Nuestra Señora de la Soledad”, patrona de nuestra Arquidiócesis. Sea para todos un día especial de gracia en nuestro camino cuaresmal.

 

+ Es muy grande la ternura del rostro de esta bendita imagen de la Virgen María. Una lágrima que rueda por su mejilla nos invita a decirle: “Madre, permíteme enjugar tu llanto”. De esta manera orienta nuestra mirada hacia sus otros hijos, nuestros hermanos, los prójimos de cada día, en cuyo rostro podemos secar las lágrimas de Nuestra Madre. Para ello, nos invita a estar con ella, mirar a Jesús y volver a la Casa del Padre.

 

+ Esta advocación de la Virgen María, “Nuestra Señora de la Soledad”, nos presenta a la Virgen meditando todas aquellas cosas que había ido guardando en su corazón, sobre todo las que más recientemente había vivido: su Hijo clavado en la cruz.  Ella había estado ahí, al pie de la cruz. Había escuchado y recogido sus palabras. Había visto lo que le hacían. Lo último que recordaba: le habían atravesado con una lanza su corazón. Un acto de brutalidad que espanta como punto final de la historia de Quien vino a nuestro mundo y pasó la vida haciendo solo el bien, cuidando del pobre y el pequeño, de la mujer y de cada pecador para anunciar y hacer sentir a todos la misericordia de Dios. Había sido arrestado, llevado a juicio por una turba, condenado aunque era inocente, torturado brutalmente y, durante tres horas, clavados sus pies y manos en una cruz, como uno de los peores malhechores. Aquel golpe de lanza que atravesó su corazón había puesto fin a ese tormento.

 

+ Con María reflexionemos en esto que ha pasado. Esa lanza que ha atravesado el cuerpo de Jesús hasta llegar a su corazón no es solo el punto final, sino el punto culminante de su misión, nos dice el Cardenal Walter Kasper, porque nos permite mirar dentro de su corazón. Jesús nos dice quien lo mira a Él mira al Padre. En su corazón abierto nos revela a Dios Padre, que tiene un corazón lleno de misericordia. Ese es el corazón de Dios: tanto nos ha amado que nos ha dado a su propio Hijo. Se ha inclinado y entregado completamente a nosotros, se ha humillado haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Aunque es Dios, no podía ir más allá para mostrarnos su amor. Aunque es Él, no podía hacer más para decirnos que nos ama. No se puede pensar o imaginar algo más grande. La cruz es el punto donde converge y en el que culmina la revelación de su amor y su misericordia. El corazón abierto de Jesús nos permite mirar dentro del corazón del Padre: “La cruz es la inclinación más profunda de Dios hacia el hombre y hacia aquello a lo que el hombre – sobre todo en los momentos difíciles y dolorosos – llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre” (San Juan Pablo II). Este es el corazón de la Cuaresma y de la vida Cristiana: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”. Hacia allá nos quiere hacer mirar la Virgen María en esta fiesta suya de Nuestra Señora de la Soledad, para ayudarnos a volver a la Casa Paterna y ahí encontrarnos con cada prójimo como con un hermano.

 

+ La crueldad es evidente en nuestros días: asesinatos, ejecuciones, extorsiones y amenazas, abusos, miseria e indiferencia son heridas muy dolorosas de nuestra sociedad. También la violencia dentro del hogar es una herida muy dolorosa. Son golpes de lanza al corazón de Jesús porque Él considera hecho a sí mismo, lo que hacemos a quien por alguna situación es más pequeño que nosotros, menos fuerte que nosotros.

 

“María meditaba todas aquellas cosas en su corazón”. Detengámonos con ella para mirar a Cristo crucificado y volver a la Casa del Padre.

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