Timonel

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. Hemos vivido esta semana la Asamblea Diocesana de Pastoral, con el anhelo de seguir anunciando el Evangelio en esta Iglesia particular de Acapulco. Hemos cumplido 60 años de caminar con Cristo. El Señor siga iluminando nuestro camino y nuestras vidas.

CAMINO A LA PASCUA

+ Con mucha gratitud y esperanza hemos iniciado el tiempo de Cuaresma. Cada año, en estos días, el Señor se acerca y toca a nuestro corazón con especial insistencia, para invitarnos a participar más plenamente de la vida de hijos de Dios que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, alcanzó para nosotros con su muerte y resurrección. Ser conformes a Cristo, vivir como Él, es un don inestimable de la misericordia del Padre y una obra muy paciente del Espíritu Santo en nosotros. De ahí nuestra gratitud hacia Dios y nuestra esperanza. Dejemos que en esta cuaresma el Espíritu Santo nos haga palpitar al latido del Corazón de Jesús que a cada uno nos dice: “Te amo”. Para escuchar su palabra de amor detengámonos cada día ante un crucifijo y mirémoslo unos minutos ahí, clavado en la cruz; cada semana, de ser posible mejor el viernes, leamos en los evangelios uno de los relatos de su Pasión y Muerte. Tanto al mirar la imagen como al leer el relato evangélico, tengamos en nuestra mente la palabra de San Pablo: “El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí”. Eso Jesús lo vivió por mí. Dejémonos tocar por su amor. Sus brazos abiertos nos dicen que Él nos espera.

Como cada año, el Santo Padre el Papa nos ha enviado un Mensaje para ayudarnos a vivir nuestra conversión al Señor en esta Cuaresma. El tema ha sido nuestra Casa Común, la creación que Dios nos ha confiado. Lo ha hecho a partir de este verso de la Sagrada Escritura: “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8.19). El mensaje tiene 3 pequeños apartados: 1. La redención de la creación; 2. La fuerza destructiva del pecado; 3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón. Con el favor de Dios, iremos reflexionando cada uno de ellos. Ahora detengámonos en el primero.

+ La redención de la creación. El Papa Francisco nos dice que si vivimos como hijos de Dios, como personas redimidas, la naturaleza resulta también grandemente beneficiada, la hacemos participar de la redención. ¿Qué es vivir como hijos de Dios, como personas redimidas? Es dejarnos llevar por el Espíritu Santo y saber reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en nuestro corazón y en la naturaleza. “Dios ha escrito un libro precioso, cuyas letras son la multitud de creaturas presentes en el universo… para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa” (LS 85). Veamos dos rasgos de esta ley que Dios ha escrito en nuestro corazón y en la naturaleza:

= Cada página del gran libro de la creación nos habla del amor de Dios: Dios ha querido todo lo que existe. Lo ha creado y lo ha hecho bien: el hombre, al contemplar el conjunto de todo lo creado, lo ha llamado “cosmos”, por su orden tan admirable, “mundo”, por su grande hermosura. “Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto el hombre debe respetar la bondad propia de cada creatura para evitar un uso desordenado de las cosas” (CATIC 339).

= La tierra es el hogar donde hemos de vivir y de donde hemos de vivir, nosotros y las generaciones futuras. Este hecho claramente nos dice que Dios nos la ha confiado, con todas sus creaturas, para cultivarla, lo que implica el trabajo de cada uno, y para cuidar de ella, no depredarla, de otro modo no podemos vivir en ella y de ella. “Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras” (LS. 67). Este hecho, el que la tierra es el hogar donde podemos vivir y de donde hemos de vivir, nos hace patente que la tierra “es una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos… Sobre toda propiedad privada grava siempre una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado” (LS. 93). “Quien se apropia de algo es solo para administrarlo para bien de todos” (LS. 95), ha de ser fuente de vida para todos a través del trabajo, la solidaridad y la subsidiaridad, nunca una riqueza acumulada que excluya a los demás de los bienes necesarios.

Si como hijos de Dios, guiados por el Espíritu Santo, observamos estas leyes que Dios ha escrito en nuestro corazón y en la naturaleza, hacemos que ésta participe de la redención. Por una parte, la creación se mira liberada de la arbitraria dominación humana que la destruye y que destruye al hombre, y al mismo tiempo “todos los hombres participan plenamente de sus frutos”, que es lo que Dios quiere y lo que la tierra de sí misma realiza: produce sus frutos y los ofrece a todos. La tierra se mirará plenamente redimida en la resurrección de nuestro cuerpo, que de ella fue formado. Por esto, la creación entera desea ardientemente que se manifieste en nosotros la realidad de hijos de Dios.

Sigamos con Jesús caminando hacia la Pascua.

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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