Inicio / Timonel / Timonel 13

Timonel 13

Timonel 10 de Diciembre de 2017

 

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

 

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. Al celebrar con gran alegría el que la Santísima Virgen María haya querido quedarse plasmada en el ayate de San Juan Diego para mostrarnos su amor, invito a todos a renovar nuestra Fe y aumentar nuestra Devoción a la Reina del Cielo, implorando su maternal protección sobre nuestra Patria.

 

GUADALUPE: ESTRELLA DE PAZ Y ESPERANZA

 

El ”Nicán Mopohua”, al situar en el tiempo las apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe, lo expresa de este modo: “Diez años después de conquistada la Ciudad de México, cuando ya estaban depuestos las flechas y los escudos, cuando por todas partes se había extinguido la guerra…”. Pareciera hablarnos de un momento de paz en nuestra Patria, pero en realidad de lo que habla es de un tiempo muy triste, no de paz sino de quietud de panteón.

 

Eran innumerables las familias que por la guerra habían quedado sin padre, había muchos niños huérfanos y sin un pedazo de pan para comer, y lo peor era que se habían quedado sin aquellas convicciones religiosas y culturales que daban sentido a su vivir diario: “Nuestros dioses han muerto”, era el lamento más hondo que expresaban. Don Vasco de Quiroga es testigo de ese tiempo: “Es tanta la miseria en que viven estos naturales, que muchos y por ventura, los más de estas gentes se mantienen de raíces y de yerbas, y, aunque quisieran ganarlo (el sustento) con los ingenios y los cuerpos, no hallan dónde ni tienen arte ni manera para ello, y así de necesidad unos y otros se venden, unos por un puño o celemín de maíz y otros hay que comen mosquitos y gusanos…” (Carta al Consejo de Indias). La realidad que vivimos ahora en nuestra Patria, en nuestro Estado, es también es muy dolorosa y complicada.

 

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe y su mensaje fueron desde 1531 y siguen siendo ahora “una propuesta de vida y de transformación,… un llamado a la unidad, a la superación de injustas e inadmisibles desigualdades, a la concordia y al amor… una invitación a hacer del Evangelio el criterio de nuestra vida, de nuestras relaciones, la base de nuestra convivencia, el camino para realizar el papel que la historia nos ha asignado como pueblo, superando con entereza las adversidades” (Dr. Juan Carlos Casas García).

 

Veámoslo en esta palabra de la Virgen a Juan Diego. Le dice: “Porque yo soy vuestra piadosa madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno”. Se presenta como Madre de todos, pero ese ser “Madre de todos” tenía un acento especial: su rostro era mestizo. Bien sabemos que el mestizaje en nuestra Patria tuvo un inicio traumático. Muchas veces fue fruto del abuso. Por ello, los hijos de padres españoles y de madres indias eran rechazados por unos y otros. Al hacer suyo el rostro mestizo, la “Madre del verdadero Dios por quien se vive” les demostraba que lo que ellos consideraban vergonzoso y humillante era tan valioso, que Ella misma lo asumía. “El mensaje de la Señora, escribe el Padre José Luis Guerrero, lejos de ser adormecedor y paternalista era un anuncio de restauración, junto con una llamada al sacrificio y al esfuerzo… y pensemos si no era duro sacrificio y esfuerzo pedirles una restauración que no implicaba vencer y superar a un enemigo, sino vencerse a sí mismos, hasta hacer de ambos, hermanos y amigos; que se amaran y aceptaran “todos los hombres que en esta tierra estáis en uno”. Y no se trataba de un mensaje nacionalista. En ese tiempo había ya en nuestro territorio un pequeño núcleo de personas de raza negra y quizá algún oriental. Es un mensaje universal, que incluye a todos los pueblos”.

 

Este mensaje es el que la Virgen nos hace escuchar el día de hoy para transformar nuestra realidad y construirle la casa que nos ha pedido. Nosotros somos quienes nos hacemos daño. La corrupción, la injusticia, el narcotráfico, la explotación y abuso de las personas, la impunidad y las violencias que ejecutan, que desaparecen personas, que extorsionan familias, todo eso y la indiferencia que nos hace cómplices de lo que pasa, es mal que nos hacemos a nosotros mismos. No se trata de una batalla para destruir enemigos, sino de una lucha por “vencernos a nosotros mismos”. La transformación de nuestra realidad social empieza desde la conversión del corazón de cada uno de nosotros para mirarnos hermanos y amigos, “que se aceptan y se aman”, es decir, que buscamos hacernos el bien.

 

En su visita a nuestra Patria, en la Basílica, el Papa Francisco nos decía: “en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar fuera. Todos somos necesarios… El santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos… ¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí”, nos vuelve a decir María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos que son tus hermanos”.

 

Recibir el mensaje de la Virgen de Guadalupe nos ayuda a vivir el Adviento y prepararnos para recibir a Jesús que está viniendo a nosotros en cada uno de nuestros hermanos.

 

 

Con mi oración y bendición

 

En Dios, nuestro Padre

 

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

 

About admin

Error

Timonel 22-07-18

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *