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Timonel 12

Timonel 03 de Diciembre de 2017

 

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

 

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. Al iniciar un Nuevo Año Litúrgico vivamos los Misterios de nuestra Fe con piedad y devoción, acompañando al Señor que viene a salvarnos y dejándonos acompañar por él en nuestro proceso de conversión.

 

ADVIENTO: TIEMPO DE ESPERANZA Y DE PAZ

 

Con el favor de Dios estamos iniciando un nuevo año litúrgico. Su puerta de entrada es el Adviento, una puerta muy hermosa, tan hermosa como la esperanza. Son cuatro semanas en las que escuchamos la Buena Nueva de que el Señor Jesús está viniendo a nosotros, y en las que Dios nuestro Padre, por el Don del Espíritu Santo, nos ayuda a prepararnos para recibirlo. ¿Cómo hemos de recibirlo? De tres formas: celebrando cristianamente la Navidad, estando cada día dispuestos a darle cuenta de nuestra vida, y acogiéndolo en cada uno de los prójimos que a diario tratamos, sobre todo en los más pequeños y necesitados.

 

La esperanza es una virtud siempre necesaria. Sin ella un caminante no tiene fuerza para andar. Sin la esperanza de avanzar, de llegar, no se encuentra razón para dar el siguiente paso, y menos cuando el camino es cuesta arriba. Nuestros tiempos son muy cuesta arriba. Por desgracia continúa en nuestra Patria la situación de violencia, la del crimen organizado y la de la delincuencia común: ejecuciones y asesinatos, levantones y desaparecidos, asaltos y robos, extorsiones y cobro de piso, narcotráfico y corrupción. Nuestro Estado sufre mucho por todo esto. Es grande la tentación de desesperanza, de acallar el miedo volviendo la atención a otra cosa. Necesitamos reavivar nuestra esperanza. Como discípulos de Jesús no podemos ser anunciadores de desgracias, sino pregoneros de la Buena Nueva del Evangelio. En el Adviento Dios nos ofrece esta gracia. Viene a nosotros para decirnos más de cerca: “Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes, digan a los de corazón apocado: Ánimo, no teman: miren a su Dios… que viene a salvarlos” (Is 35, 3-4). El Adviento nos hace levantar la mirada y contemplar muy cercano al Pequeño de Belén. ¿Cómo ese pequeño Niño puede reavivar y fortalecer nuestra esperanza?

 

Nació en un mundo violento donde la ley de “ojo por ojo” había querido poner límite a la venganza sin límite. Él se negó a transmitir esa brutalidad. No es el héroe que arranca aplausos porque triunfa sobre los malosos acabando con ellos. La fuerza de este pequeño Niño es inmensa. Tiene la fortaleza de quien rehúsa devolver mal por mal. Tiene la gran fuerza que se necesita para romper la cadena de violencia en la cual cada acto de agresión debe ser pagado con otro igual.

 

Este tiempo nos dice que el Señor Jesús, nuestro Salvador, está viniendo a nosotros, que no desesperemos porque Él viene para hacernos capaces de convertir nuestras espadas y nuestras lanzas, en arados y podaderas, es decir, en actitudes y conductas generadoras de vida. Y a nadie excluye en este llamado. También a nuestros hermanos que perpetran el mal viene a hablarles y no dejará de hacer escuchar su llamada en la voz interior que no pueden acallar en su persona, en la exigencia de respeto que en su vulnerabilidad e indefensión presenta cada rostro humano, cada familia.

 

Esta es la manera como viene a construir la paz entre todos los hombres del mundo, la paz que cantarán los ángeles en Belén y que será su regalo el domingo de resurrección. Así reaviva y fortalece nuestra esperanza. Que nada nos quite esta alegría.

 

Construyamos esta esperanza. Cada día, donde quiera que nos encontremos, hagamos presente la bondad y la ternura de Dios. Así impregnamos nuestro ambiente de misericordia y nos disponemos a recibir al Señor Jesús que está viniendo a nosotros.

 

Con mi oración y bendición

 

En Dios, nuestro Padre

 

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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