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Timonel 08

Timonel 05 de Noviembre de 2017

 

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

 

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La paz esté con ustedes”. Al acercarnos a la celebración de la Jornada Mundial del Pobre el próximo 19 de noviembre, quiero de aquí a la fecha, escribir sobre este tema para motivarnos a celebrarlo con alegría y esperanza, pues el Señor nos invita a ver en nuestros hermanos pobres lo importante que es vivir lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

 

HACIA LA JORNADA MUNDIAL DEL POBRE

 

Estando ya para concluir el Año de la Misericordia, el Papa Francisco nos escribió una carta para invitarnos y motivarnos a hacer de la misericordia nuestro estilo de vivir. En la última página de esta carta, Misericordia et misera, el Papa busca arraigar en nuestra conciencia la convicción de que este tiempo que vivimos es el tiempo de la misericordia. En un pequeño párrafo hasta en 5 ocasiones nos dice: “nuestros días son el tiempo de la misericordia”, y después de cada una nos da una razón para mirarlo así. Las dos primeras hablan de la presencia de Dios y de la ternura con que a todos nos acoge:

 

  • “Cada día de nuestra vida está marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar… El Espíritu, de hecho, nos enseña todas las cosas, así nos lo prometió el Señor Jesús, y la única cosa indispensable: amar como ama Dios”.

 

  • “Es el tiempo de la misericordia para todos y cada uno, para que nadie piense que está fuera de la cercanía de Dios y de la potencia de su amor”. Nunca podemos mirarnos excluidos de su misericordia. Nos toma en serio y respeta nuestra persona y nuestra libertad. Nuestras decisiones tienen el peso de la responsabilidad personal que elige un camino y con ello un final. Sin embargo, nuestro rechazo de su gracia salvadora, nunca es tan grande como su infinita misericordia. Nunca deja de cortejarnos, viene a nosotros no sólo para invitarnos a responder a Él, sino también a posibilitar que demos esa respuesta que nos abre a su amor. Santa Teresa Benedicta de la Cruz habla de la gran astucia, de la insuperable astucia del misericordioso amor que Dios siente por toda persona. Por ello el Papa, en la quinta afirmación de este párrafo que estamos reflexionando nos dice: Este “es el tiempo de la misericordia, para que cada pecador (que todos lo somos) no deje de pedir perdón y de sentir la mano del Padre que acoge y abraza siempre”.

 

  • Ahora es el tiempo de la misericordia para que los débiles e indefensos, los que están lejos y solos sientan la presencia de los hermanos y las hermanas que los sostienen en sus necesidades. Ahora es el tiempo de la misericordia, para que los pobres sientan la mirada de respeto y atención de aquellos, que venciendo la indiferencia, han descubierto lo que es fundamental en la vida”.

 

Esta es una palabra que de manera insistente hemos escuchado de labios del Papa. La misericordia empieza en aquel modo de ver, que nos hace conmovernos y luego mover las manos para ayudar. ¿Qué cosas están a la raíz de la indiferencia o de rechazo con que muchas veces excluimos a las personas? A principios de este año, el Papa nos señalaba una raíz de esta manera de comportarnos, decía: “Un espíritu individualista es terreno fértil para que madure el sentido de indiferencia hacia el prójimo, que lleva a tratarlo como puro objeto de compraventa, que induce a desinteresarse de la humanidad de los demás y termina por hacer que las personas sean pusilánimes y cínicas. ¿Acaso no son estas las actitudes que frecuentemente asumimos frente a los pobres, los marginados o los últimos de la sociedad? ¡Y cuántos últimos hay en nuestras sociedades!”. “Unos viven en el seno de nuestras casas y en nuestras mismas familias. Me refiero a los ancianos y a los discapacitados, y también a los jóvenes. Los primeros son rechazados cuando se convierten en un peso y en «presencias que estorban» mientras que los últimos son descartados al negárseles la posibilidad de trabajar para forjar su propio futuro”.

 

Pero también, nos dice el Papa, “Hay un tipo de rechazo que nos afecta a todos, que nos lleva a no ver al prójimo como a un hermano a quien acoger, sino a dejarlo fuera de nuestro horizonte personal de vida, a transformarlo más bien en un adversario, en un súbdito al cual dominar”. Ver así al prójimo es no solo fruto sino también raíz de exclusión y rechazo: Hagan de cuenta como cuando de niños jugábamos a ver quién podía quedarse, él solo, dentro del círculo donde estábamos todos. Para que alguien lograra quedarse ahí él solo y ganar, tenía que sacar del círculo a los demás, y entonces era cosa de empujar y empujar hasta echarlos fuera y defenderse de que nadie le sacara a él. ¿Quién se quedaba dentro? El que tenía más fuerza, el que tenía más habilidad. Los demás  uno a uno, todos eran echados fuera.

 

Con esta manera de mirarnos, con este modo de tratarnos se “genera la cultura del descarte que no respeta nada ni a nadie: desde los animales a los seres humanos, e incluso al mismo Dios. De ahí nace la humanidad herida y continuamente dividida por tensiones y conflictos de todo tipo”. Porque esto nos hace mucho daño, nuestros días han de ser tiempo de misericordia.

 

Es bueno reflexionar y preguntarnos ¿Cómo miramos a las personas que nos rodean, a las personas con quienes nos encontramos? ¿Los vemos como adversarios a quienes hay que sacar del círculo para ganarles? Tenemos que decir que es posible mirarnos de otra manera, podemos descubrir lo que realmente somos unos para otros: un bien de Dios, una bendición suya.

 

San Pablo nos dice que el Espíritu Santo “se manifiesta en cada uno para el bien común”. Él nos ha diseñado de tal modo que cada uno somos un bien muy valioso para los demás, a la manera como cada órgano del cuerpo es un bien insustituible para todo el organismo. Él ha puesto en nuestra persona, aquellos dones y carismas que son parte de la respuesta que Dios Padre quiere dar a las súplicas de sus otros hijos, que le suplican una ayuda para conseguir lo necesario para vivir de manera digna. Cuando así actuamos, hablamos un lenguaje que todos entendemos, no importa cuál sea nuestro idioma.

 

 

Con mi oración y bendición

 

En Dios, nuestro Padre

 

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

 

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