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Timonel (05-08-2018)

El Día del Párroco

Este viernes pasado, 4 de agosto, fiesta del Santo Cura de Ars, celebramos en la Iglesia “el Día del Párroco”. Aprovecho este medio para felicitar y agradecer a los sacerdotes que tienen este servicio en la comunidad eclesial. Es el servicio que todos nos imaginamos realizar cuando en el Seminario, poco a poco fuimos escuchando la llamada del Señor al Sacerdocio y con la ayuda del Espíritu Santo le dimos nuestro sí. Al ordenarnos sacerdotes, nuestra disposición estaba abierta a cualquier ministerio que nos pidiera el Señor a través de nuestro Obispo, pero la inmensa mayoría teníamos en mente ser párrocos. A muchos, a los más, el Señor se lo concede. A otros el Señor no nos confió este ministerio. 

Con la gracia de la Ordenación el corazón no lo teníamos apegado a ninguna cosa, sino a lo que Dios quisiera de nosotros y veíamos como una gracia muy grande que el Señor entregara nuestra persona y nuestra vida a una comunidad eclesial para cuidar de ella, para ser “compañeros de viaje de toda persona y en toda situación con nuestro testimonio y apoyo”, como nos ha dicho el Papa Francisco.

El Párroco es el sacerdote que está más en contacto con la realidad del territorio de la parroquia y el que mejor conoce el tejido que une a las personas en su familia y a las familias en la sociedad. Llama a muchísimas personas por su nombre y el rostro de cada una de ellas es para él una página en la tiene el privilegio de leer la historia de salvación que Dios va escribiendo en su vida. Esto es una fuente de gozo muy profundo. Por ello, expresemos nuestra felicitación al Párroco de nuestra Comunidad. 

Junto a la felicitación también hemos de expresar a nuestros párrocos nuestra gratitud y cercanía.

Tres cansancios en la vida del sacerdote

Hace 3 años el Papa Francisco nos habló de 3 cansancios en la vida del sacerdote. Los dos primeros merecen nuestro reconocimiento.

El primero es el que experimenta el sacerdote después de atender a las personas que se le acercan y a quienes él va. Es el cansancio que experimentaba cada día el Señor Jesús, “cansancio del bueno, dice el Papa Francisco, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí…, no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf.Evangelii gaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf.ibíd., 279). ¡Qué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja…, pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños… Olor a oveja y sonrisa de padres…”

 

El segundo es también un cansancio bueno, pero más pesado, es el que queda en el sacerdote al defender la comunidad y defenderse él mismo contra el mal. “El demonio y sus secuaces, nos dice el Papa, no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra, trabajan incansablemente para acallarla o tergiversarlaNecesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar: neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No temáis, yo he vencido al mundo» (Jn16,33)”.

   

El tercero no es un cansancio bueno. Es el cansancio producido por la desilusión de uno mismo, cuando nos falta humildad para mirarnos de frente y reconocernos pecadores necesitados de perdón. “Se trata, dice el Papa, del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa mal”. La oración y el testimonio de la comunidad son para nosotros una ayuda muy grande para vivir nuestra conversión al Señor. 

Con ocasión del Día del Párroco suplico su oración por nosotros los sacerdotes, en especial por el sacerdote que les ha sido entregado en su comunidad. También agradezco mucho su ofrenda de este Domingo, que se destina para la aportación con que cada sacerdote diocesano de México apoya a sus hermanos sacerdotes mayores de todas las diócesis de nuestra Patria, y con la cual nos inscribimos a la mutual sacerdotal de gastos médicos mayores.   

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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