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PEREGRINACIÓN DE LA ARQUIDIÓCESIS DE ACAPULCO A LA INSIGNE Y NACIONAL BASÍLICA DE GUADALUPE

18 de abril de 2018

“No temas, ¿no estoy yo aquí, que soy tu Madre?” (Cfr. Nican Mopohua)

Estimadas hermanas y hermanos:

Venir a casa de Mamá nos alegra desde muy dentro. Conversar con ella “nos consuela, nos libera, nos santifica. No necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa”. Nada del hijo pasa por alto a los ojos de una madre. Juan Diego pensó que “por donde dio la vuelta no podría verlo la que perfectamente a todas partes está mirando”. Viene a nuestro encuentro y nos pregunta a cada uno: “¿Qué pasa al más pequeño de mis hijos”… Mi tío está en casa muy enfermo, fue la respuesta de Juan Diego. “En nuestra casa hay mucha enfermedad”, tal vez sea la nuestra. En la casa grande, los conflictos en Siria, la economía que excluye y mata, que construye muros en lugar de tender puentes. Y a nivel más doméstico: asesinatos y ejecuciones, cobro de piso y extorsiones, siembra de muerte en muchos campos y en muchos jóvenes y adolescentes, impunidad y corrupción, agrietada la familia y la misma identidad de las personas,…. Y la palabra de la Virgen es la misma que dio a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.

¿Quién es la Virgen que decía tales palabras a Juan Diego? ¿Quién es la Virgen que pone estas palabras en nuestro corazón? “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño –le dijo a Juan Diego– soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive”. Es ella, la Madre de Jesús, el Pan de Vida, a quien quiere mostrarnos y darnos en este templo suyo que nos pidió construirle; en ese templo suyo que es nuestra familia, nuestra ciudad, nuestra Patria, que nos pide construirle. María nos hace mirar a Jesús, nos muestra a Jesús, su Hijo, porque Él es el Pan de vida, porque es Él la fuente de donde brota la esperanza y el consuelo que ella nos promete.

“El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca más tendrá sed…”: Estas dos necesidades tan fundamentales en la vida de cada persona engloban todas aquellas necesidades que buscamos satisfacer para vivir, para que nuestro vivir sea realmente vida, vida cada vez más plena, vida cada vez menos marcada por la muerte. “Cada hombre y cada pueblo, nos dice el Papa Francisco, tiene hambre y sed de paz; cada hombre y cada pueblo tiene hambre y sed de paz…por lo que es necesario y urgente construir la paz… la paz no es solamente la ausencia de guerra, sino una condición general en la cual la persona humana está en armonía consigo misma, en armonía con la naturaleza y en armonía con los demás. Ésta es la paz”.

Venir a Jesús y creer en Él es la condición para recibir y construir esa plenitud de vida simbolizada en el don de la paz que tanto anhelamos. Venir a Él es posible porque Él antes ha sido enviado a nosotros, Él antes ha venido a nosotros con una misión muy hermosa: “que no se pierda ninguno de los que el Padre le dio”, y el Padre ha puesto a todos en sus manos. Ahí está la base fundamental de la paz: “Que no se pierda ninguno”. Para ello el Señor Jesús entregó su vida y para ello el Señor Jesús resucitó. Para que no se pierda ninguno.

Venir a Jesús es hacer nuestra la misión que el Padre le confió. Esto ciertamente implica la firme determinación de no hacer daño a nadie. Y es una determinación que está en consonancia con quienes somos. Ninguno hemos sido creados dañinos. Cada uno somos un bien de Dios, una bendición suya. Sin embargo, no basta eso, cosa muy buena es no hacer el mal, pero cosa muy mala es no hacer el bien. “Que no se pierda ninguno” implica la firme determinación de hacer a la persona con quien nos encontramos, el bien que necesita en la medida en que está en nuestras manos realizarlo.

En la primera lectura se nos dice que luego de la persecución que se desató contra los cristianos después de la muerte de Esteban, los discípulos se dispersaron, y “al pasar de un lugar a otro iban difundiendo el Evangelio”. El Espíritu Santo sopló sobre ellos e hizo que a donde quiera que fueran llevaran la semilla de la Buena Nueva del amor de Dios, nuestro Padre, manifestado en Cristo Jesús que por nosotros murió y resucitó. Esa semilla germinó y como fruto hizo presente en el mundo otro modo de vivir: “tenían un solo corazón y una sola alma, todo lo poseían en común… ninguno pasaba necesidad, gozaban de gran estimación entre el pueblo”. En el siglo II, san Justino presenta la vida de los cristianos en un escrito al emperador Antonio Pío. Un aspecto de esa descripción: “los que amábamos por encima de todo el dinero y los acrecentamientos de nuestros bienes, ahora, aun lo que tenemos, lo ponemos en común y de ello damos parte al necesitado; los que antes nos odiábamos y nos matábamos los unos a los otros… después de la aparición de Cristo vivimos todos juntos y rogamos por nuestros enemigos…”. Nosotros ahora somos los discípulos a los que el Espíritu Santo dispersa en hogares, calles, oficinas, talleres, parques y caminos para llevar a todos esos espacios la semilla del Evangelio, y hacer presente ese otro modo de vivir.

El Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate nos dice: “No es fácil construir esta paz evangélica que no excluye a nadie, sino que integra también a los que son algo extraños, a las personas difíciles y complicadas, a los que reclaman atención, a los que son diferentes, a quienes están muy golpeados por la vida, a los que tienen otros intereses. Es duro y requiere una gran amplitud de mente y de corazón, ya que no se trata de «un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz», ni de un proyecto «de unos pocos para unos pocos». Tampoco pretende ignorar o disimular los conflictos, sino «aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso». Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad”. Todos estamos llamados a ser santos.

Confiemos a nuestra Santa Madre de Guadalupe el proceso electoral de nuestra Patria. Los candidatos se miren unidos en la búsqueda del bien común que cada uno ha de procurar. Nosotros los ciudadanos, luego de escucharlos y mirar su persona, expresemos con libertad en nuestro voto lo que en conciencia juzgamos el mayor bien posible para nuestra Patria.

De la mano de la Santísima Virgen María de Guadalupe nos hemos reunido en torno al altar en el cual Jesús se ofrece por nosotros, con aquel sacrificio que derribó el muro que nos separaba, el odio. Unámonos al Señor en su ofrenda al Padre.

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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