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NUESTRAS PEREGRINACIONES: DE LA MANO DE MARÍA DE GUADALUPE VAMOS A JESUS Y A NUESTROS HERMANOS. 

Timonel 25 de Noviembre de 2018
Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:
Les saludo a todos con mucho cariño en Dios,  nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. Al celebrar la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, reavivemos en nosotros el compromiso de hacer que el Reino de Dios se extienda en todas partes, principalmente en nuestros hogares, trabajos y círculos sociales. ¡Viva Cristo Rey!
NUESTRAS PEREGRINACIONES: DE LA MANO DE MARÍA DE GUADALUPE VAMOS A JESUS Y A NUESTROS HERMANOS.
En estos días muchísimas personas, de la mano de nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe, peregrinarán hasta diversos templos. Llevando delante la bendita imagen de la Virgen, pasarán junto a los lugares donde la gente vive y trabaja, donde desgasta su vida y busca construir sus ilusiones. También pasarán por lugares donde a muchos hijos e hijas suyos les han quitado la vida, les han desaparecido, donde les extorsionan o les cobran piso. Su andar de peregrinos sea una ferviente súplica de bendición para nuestros hogares, para nuestras calles, nuestros lugares de trabajo y de descanso, una petición que llegue al corazón de la Virgen para que su mirada maternal vele sobre cada espacio de nuestros pueblos y ciudades. Bien sabemos que la mirada de una madre hace desistir de sus propósitos al hijo que busca hacer daño a su hermano.
El caminar detrás de la bendita imagen de la Virgen abra nuestra persona para acoger su palabra maternal, la que pronuncia con sus labios y la que nos dice con su imagen. Son palabras de madre, son palabras de paz. Nos dice que es nuestra Madre compasiva y que está con nosotros, que nos tiene en el hueco de sus manos. Ahí estamos todos, porque de todos, sin excluir a nadie, es Madre compasiva. Miramos su rostro mestizo, combinación de lo español y lo indígena. Nos dice su nombre: es de origen judío (María) y árabe (Guadalupe). En los días de su aparición, en estas tierras los mestizos eran despreciados tanto por los españoles como por los indígenas. Y también en esos días los judíos y árabes fueron expulsados de España. El mensaje de su rostro y de su nombre es muy valioso: Ella nunca desprecia a ninguno de sus hijos y toma de los más pobres y despreciados su propia identidad. Este es el camino por el cual podemos construir la justicia y la paz social. Nuestras peregrinaciones sean, pues, una oración por la paz. Quienes caminan tengan esa súplica en su corazón, quienes nos encontremos con ellos aprovechemos el momento y pidamos al Señor la paz.
Cada peregrinación será también una invitación a la conversión: a orientar hacia Dios nuestros pasos y fortalecer nuestra decisión de construir la paz con nuestros pensamientos, palabras y gestos: dejarnos abrazar por la misericordia de Dios y comprometernos a ser misericordiosos con los demás, como Dios lo ha sido con nosotros. Hace algunos años el Papa nos propuso cinco pasos de este andar:
+ No juzgar: “Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en juez de su propio hermano. Los hombres ciertamente se detienen en la superficie mientras el Padre mira el interior”. Hemos de reconocer que a nuestra mirada escapan muchos aspectos de la realidad. Esto ha de hacernos muy humildes y prudentes al formarnos una opinión del actuar o de las actitudes de los demás. A veces desconocemos cosas que son indispensables para poder valorar a una persona. Hace algunos años una mujer no tan mayor, caminaba todos los días por la carretera con una morraleta al hombro, aparentemente sin propósito alguno. Esa era su vida de cada día. Se le miraba simplemente como alguien que había perdido en algún aspecto de la vida, contacto con la realidad. Un día enfermó y llamaron al sacerdote para que le auxiliara. Ya casi para despedirse, el sacerdote le preguntó por qué hacía aquello todos los días. Ella le respondió que “caminaba por la carretera para rezar y para llevar de comer a las personas que habían perdido la vida al accidentarse en ese tramo de la carretera, y murieron teniendo hambre”. Si logramos ver la bondad de corazón de esta mujer, es muy otra nuestra apreciación de ella. Y muchas veces queda oculta la verdad del corazón, por ello es muy arriesgado juzgar a una persona.
+ No condenar: comenta el Papa: “¡Cuánto mal hacen las palabras cuando están motivadas por sentimientos de celos y envidia! Hablar mal del propio hermano en su ausencia equivale a exponerlo al descrédito, a comprometer su reputación y a dejarlo a merced del chisme”. “El chisme es despellejarse… Es maltratarse el uno al otro. Como si se quisiera disminuir al otro… En lugar de crecer yo, hago que el otro sea aplanado y me siento muy bien. ¡Esto no va! Parece agradable chismear… es dulce al principio y luego te arruina, ¡te arruina el alma! Los chismes son destructivos en la Iglesia, son destructivos”.
+ Mirar lo bueno que hay en los demás: “No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo”. Ya nos decía el Papa San Juan Pablo II que reconocer el bien en los demás es uno de los pilares de la espiritualidad de comunión.
+ La cuarta es perdonar: “Ser instrumentos del perdón porque hemos sido los primeros en haberlo recibido de Dios”. El Papa Francisco nos ha repetido muchas veces que una de las palabras que no pueden faltar en la vida familiar y social, es “perdón”. Pedirlo con toda claridad y humildad: “te ofendí al hacer esto… Perdóname”, “me duele porque te amo y te hice sufrir”, “tengo la firme determinación de no volverlo a hacer”; y algo también muy importante:”¿qué puedo hacer para ayudarte a sanar?”.
Ciertamente el perdón no cambia el pasado, pero sí permite vivir el presente. “El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza”.
+ La quinta, “ser generosos con todos sabiendo que también Dios dispensa sobre nosotros su benevolencia”. “Un cristiano sabe dar. Su vida está llena de sencillos gestos de generosidad hacia los demás”. Cuentan que una niña solía llevar consigo dos pañuelos, cosa que llamó la atención de su mamá, quien le preguntó por qué hacía eso. La niña le dijo que uno era para limpiar su nariz y el otro para enjugar las lágrimas de sus compañeritas. Tener en cuenta al otro es compartir con él la bendición de cada día. No somos Dios omnipotente para resolver tantas situaciones de dolor, pero siempre está a nuestro alcance un detalle con el cual expresar nuestra cercanía y hacer sentir la misericordia de Dios.
Con mi oración y bendición.
En Dios, nuestro Padre
+ Leopoldo González González
   Arzobispo de Acapulco

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