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JUEVES DE CORPUS

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La paz esté con ustedes”. El próximo jueves celebramos una fiesta de mucho gozo para la Iglesia y de gran tradición en nuestra Patria, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, conocida como la Fiesta del Corpus. Al celebrarla, acrecentemos nuestra fe en la Eucaristía.

JUEVES DE CORPUS

La celebración del Corpus no podemos separarla de lo que vivimos el jueves santo, en la Misa de la Cena del Señor, cuando recordamos la institución de la Eucaristía. Esa tarde contemplamos el gran amor de Jesús por nosotros, que no quiso subir al cielo sin dejar a sus discípulos de todos los tiempos, la posibilidad de estar presentes y participar en la ofrenda que de sí mismo hizo al Padre por nosotros en la cruz. ¿Cómo hizo posible esto el Señor? Tomó un pan y lo transformó en su misma persona. Teniendo aquel pan en sus manos le dijo a los apóstoles: “Esto es mi cuerpo”. “Cuerpo” en el hablar de Israel es la persona toda en cuanto que se realiza en el espacio y en el tiempo. Y luego añadió: “que se entrega por ustedes”. Lo que Jesús les decía y nos dice es: “Este soy yo que se entrega por ustedes”, y Jesús vivió su entrega por nosotros en la cruz.

Lo mismo miramos luego de repartir “ese pan” a los apóstoles, toma en manos una copa con vino, y lo transformó en su misma persona. Teniendo el cáliz en sus manos les dice: “Este es el cáliz de mi sangre”. “Sangre” en el hablar de Jesús significaba la vida de la persona, la persona viva. Y luego Jesús añadió: “derramada por ustedes y por muchos…”. Sangre derramada habla de ofrenda: Jesús hace la ofrenda de sí mismo en la cruz. Por ello, la Eucaristía es el mismo sacrificio de Jesús en la cruz. Y mirando en el futuro a todos los que habríamos de creer en Él, Jesús les dice: “Hagan esto en memoria mía”. Así Jesús hizo posible que sus discípulos de todos los tiempos pudiéramos estar presentes y participar en su sacrificio redentor, el que por nosotros vivió en la cruz. Esto es lo que vivimos en cada Eucaristía. 

Esto que hemos vivido el jueves santo y que celebramos al interior de nuestros templos, ahora en la fiesta del Corpus lo llevamos fuera, en una muy solemne procesión por las calles de nuestros pueblos y ciudades, o si no es posible, en el espacio de los atrios parroquiales. Salimos en procesión llevando a Jesús Eucaristía, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y pedirle que transforme el ambiente que vivimos. El Señor Jesús lo transforma no desde fuera, sino desde dentro de nuestra persona, asimilándonos a Él, haciendo nuestra vida como la suya, una vida que se entrega para dar vida. Nos dice el Papa Francisco: “Cada vez que nosotros hacemos la comunión, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Como el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre del Señor, así cuantos le reciben con fe son transformados en Eucaristía viviente. Al sacerdote que, distribuyendo la Eucaristía, te dice: «El Cuerpo de Cristo», tú respondes: «Amén», o sea reconoces la gracia y el compromiso que conlleva convertirse en Cuerpo de Cristo. Porque cuando tú recibes la Eucaristía te conviertes en cuerpo de Cristo. Es bonito, esto; es muy bonito. Mientras nos une a Cristo, arrancándonos de nuestros egoísmos, la comunión nos abre y une a todos aquellos que son una sola cosa en Él. Este es el prodigio de la comunión: ¡Nos convertimos en lo que recibimos!”.

Muy claramente nos decía el Papa Benedicto XVI: “Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad. Del don de amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra responsabilidad especial de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna”.

Con mi oración y bendición.

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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