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Jornada del Pobre y Jornada de la Paz

Queridos amigos y lectores de Mar Adentro:

Les saludo a todos con mucho cariño en Dios, nuestro Padre: “La Paz esté con ustedes”. El próximo viernes 23 de noviembre, con el favor de Dios, celebraré 43 años de sacerdote, les ruego me ayuden con sus oraciones para continuar al servicio de ustedes con la mirada puesta en Dios, que me ha llamado. De antemano, mi gratitud por su bondad y cariño. 

Jornada del Pobre y Jornada de la Paz

En toda la Iglesia hoy se vive la II Jornada del Pobre. Para nosotros en la Arquidiócesis es el inicio de la Semana por los Pobres, y este año coincide con la fecha de otra celebración nuestra: la Jornada por la Paz. No se trata de dos celebraciones distantes. Cuando el Papa Francisco, al final del Año Jubilar de la Misericordia, estableció la Jornada del Pobre, nos expresó las intenciones que le impulsaban a establecerla. Una de ellas fue esta: “ayudarnos a reflexionar sobre el hecho de que mientras Lázaro esté echado a la puerta de nuestra casa, no podrá haber justicia ni paz social”, o dicho con palabras de su mensaje de este año: mientras no escuchemos el grito de Bartimeo a la orilla del camino, no podrá haber justicia ni paz social. La Jornada del Pobre nos impulsa a vivir la actitud con que podemos alcanzar la justicia y la paz social. 

El Papa busca despertarnos y hacernos conscientes de que muchos nos hemos acostumbrado a mirar el amor de Dios de espaldas al cuidado de nuestros prójimos que están en necesidad, y eso no es posible. Quiere reanimar nuestra sensibilidad en relación a los demás: la indiferencia nos ha hecho pasar junto al otro sin verlo, y “convivir” o mejor dicho morar bajo el mismo techo o ser vecinos de al lado y no darnos cuenta del sufrimiento de nuestros prójimos en su pobreza. Pero también el Papa quiere hacernos ver que al acercarnos y atender a un prójimo en su necesidad somos evangelizados por él, recibimos la Buena Nueva del Evangelio a través de él. El pobre es un hermano que nos enriquece porque nos da la oportunidad de encontrarnos cada día con Jesús y mostrarle nuestro amor, es un espacio de encuentro con Dios; y, por otra parte, nos da la oportunidad de realizar nuestra bondad personal. Si a nadie pudiéramos hacer el bien, ¿qué sentido tendría nuestra vida? ¿De qué serviría la gran riqueza de nuestra persona, nuestras habilidades y sabiduría? Si nos esforzamos en ser un bien para los demás, ciertamente construimos la justicia y la paz social.

Ante el grito del pobre, Dios escucha, responde, libera. A nosotros en nuestras pobrezas Dios nos ha escuchado, respondido y liberado. Nos ha hecho sentir su misericordia: como una y otra vez nos repetía el Papa en el Año de la Misericordia: hemos sido “misericordiados para misericodiar”. Esta jornada nos invita a obrar como el Señor. Dentro de nuestras limitaciones, tener aquellos gestos que hagan sentir al pobre que Dios le escucha, le responde y le libera, gestos que son signos de la cercanía y de la respuesta de Dios en su necesidad. Este es el camino que nos conduce a la paz.

Ciertamente “son innumerables las iniciativas que a diario emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos” (Mensaje del Papa para la II Jornada de los Pobres). Son muchísimas y muy variadas estas acciones con las que la comunidad tiende la mano a los pobres. Tal vez la inmensa mayoría sean acciones asistenciales. No por ello menos valiosas, porque hay necesidades y situaciones en las que la ayuda que se requiere es una asistencia que no se puede diferir y hemos de dar en la medida en que nos es posible, por ejemplo ante el hambre y ante el desamparo de quienes tienen sus familiares enfermos en los hospitales… Sin embargo, también hay muchas acciones en la línea de la promoción de su persona para un mejor nivel de vida. Muchas son muy sencillas, como las cajas de autoahorro, los grupos de compra en común para consumo; la orientación para una sabia administración doméstica; la promoción de los huertos u hortalizas familiares, o de macetas con plantas comestibles en los hogares; la enseñanza de oficios y destrezas,… Algo que me parece muy importante a tener en la atención a nuestros hermanos pobres es el esfuerzo por acercarnos y escucharles, para junto con ellos encontrar modos prácticos de tenderles la mano y acompañarles en su crecimiento, para que ellos mismos puedan realizar su misión y sirviendo a los demás conseguir lo necesario para vivir de manera digna. 

Son muchísimas las acciones que a diario se emprenden con la intención de ayudar a personas en su necesidad. Sin embargo, tenemos que “reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente…” (Mensaje del Papa para la II Jornada de los Pobres). Por ello, es muy bueno que reconozcamos con alegría y nos unamos a quienes también, fuera de la Iglesia, en organizaciones civiles o en instituciones gubernamentales, tienden la mano a los pobres; y que no dejemos de hacer el bien que cada uno podemos realizar, aunque nos parezca muy sencillo o insignificante. “Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza y; sin embargo, puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana” (Mensaje del Papa para la II Jornada de los Pobres).

Con mi oración y bendición

En Dios, nuestro Padre

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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