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Comunicado: La pena de muerte es inadmisible

Acapulco, Gro., a 13 de octubre de 2019

Comunicado 39-19

La pena de muerte es inadmisible

Toda persona tiene el derecho de defender su vida, su integridad y sus bienes y los de aquellas personas que han sido confiadas a su cuidado. Como personas humanas, miembros de la gran familia humana, cada uno hemos sido confiados al cuidado de los demás, de manera que toda persona tiene el derecho de legítima defensa ante un injusto agresor para cuidar de sí y del prójimo. Bien comprendemos que para las personas constituidas en autoridad no sólo es un derecho, sino una grave obligación repeler toda injusta agresión contra una persona y reducir al delincuente a una situación en la que ya no pueda seguir haciendo daño, recapacite y se arrepienta de su mala conducta y pueda luego reintegrarse a la sociedad como un buen ciudadano, bendición de Dios.

El derecho que nos asiste es a defendernos del delincuente, y eso es lo que se ha de intentar. Para repeler la agresión se ha de emplear sólo la fuerza necesaria. Nos dice el Papa Juan Pablo II: “Por desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva a veces su eliminación. En esta hipótesis el resultado mortal se ha atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acción” (E V 55), pero no era su muerte lo que se intentaba, sino la defensa de la propia vida o la de otra persona. Si el delincuente ya ha sido reducido a impotencia, no es lícito, no es humano agredirlo.

Imponer el castigo por un crimen o delito sólo pueden hacerlo y, al mismo tiempo es grave obligación suya, las autoridades encargadas de impartir justicia en la sociedad. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Si los medios incruentos bastan para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger de él el orden público y la seguridad de las personas, en tal caso la autoridad se limitará a emplear sólo esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana” (2267).

En su visita a Estados Unidos el Papa Francisco expresaba: “Esta certeza es la que me ha llevado, desde el principio de mi ministerio, a trabajar en diferentes niveles para solicitar la abolición mundial de la pena de muerte. Estoy convencido que este es el mejor camino, porque cada vida es sagrada, cada persona humana está dotada de una dignidad inalienable y la sociedad sólo puede beneficiarse en la rehabilitación de aquellos que han cometido algún delito. Recientemente, mis hermanos Obispos aquí, en los Estados Unidos, han renovado el llamamiento para la abolición de la pena capital. No sólo me uno con mi apoyo, sino que animo y aliento a cuantos están convencidos de que una pena justa y necesaria nunca debe excluir la dimensión de la esperanza y el objetivo de la rehabilitación”.

Por ello, se ha dado una nueva redacción del número 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica: “Durante mucho tiempo el recurso a la pena de muerte por parte de la autoridad legítima, después de un debido proceso, fue considerado una respuesta apropiada a la gravedad de algunos delitos y un medio admisible, aunque extremo, para la tutela del bien común. Hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves. Además, se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado. En fin, se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente. Por tanto, la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que <<la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona>>, y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo”.

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