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Comunicado 36-18

Acapulco, Gro., a 19 de agosto de 2018

Comunicado 36-18

Día Mundial de la Asistencia Humanitaria 

El día de hoy, 19 de agosto, por designación de la Organización de Naciones Unidas se celebra el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria. Este tipo de actividad no es extraño a nosotros. La inmensa mayoría hemos tenido la oportunidad de brindar esta asistencia al tender la mano a quien se encontraba en una situación de emergencia. Nos dé grande gozo recordar las ocasiones en que hemos actuado así. En esos momentos ha salido lo mejor de nosotros mismos, hemos mostrado nuestra humanidad: quien cierra su corazón y su mano ante la necesidad apremiante de un prójimo decimos que es inhumano, y la conducta de quien se aprovecha de la desgracia de otros para allegarse ganancias o adueñarse de cosas, recibe el nombre de rapiña.

El Día Mundial de la Asistencia Humanitaria es también una muy buena ocasión para fortalecer nuestra confianza en la bondad de las personas, al reconocer la generosidad de tantos hombres y mujeres que se empeñan en salvar la vida y proteger la salud de quienes se encuentran en situaciones de emergencia, sean originadas por desastres naturales, por accidentes industriales o carreteros o por conflictos bélicos. Hay quienes lo hacen aún a riesgo de su propia vida. Los medios de comunicación nos dan a conocer gestos verdaderamente heroicos, llenos de una inmensa humanidad y grande misericordia. Hagamos un recuerdo agradecido ante Dios, de todas aquellas personas que entregaron su vida en el intento de salvar a otros.

La asistencia humanitaria no es una acción que solo podamos realizar en el marco de enormes catástrofes. Es la mano que hemos de tender cada día a quien urgentemente necesita de nosotros. Recuerdo una madrugada muy fría en la carretera de Morelia a Pátzcuaro. Miré un carro accidentado y al lado sólo estaba una patrulla de la Policía Federal con las torretas encendidas. Detuve el carro y le pregunté al oficial si podía ayudar en algo. Me dijo que no, que ya se había comunicado por radio. Entonces miré a un muchacho, el accidentado, sentado ahí, en un asiento de la patrulla, y no se me olvida que tenía puesta la chamarra negra del Oficial. Este se había quedado en mangas de camisa por dar cobijo a ese muchacho. Todos esos gestos de filantropía son ayuda humanitaria. Recordemos con gratitud a tantas personas que en la vida cotidiana son sensibles a la urgente necesidad de quien vive a su lado y no lo dejan en su desgracia.

Las situaciones de emergencia en pueblos y países son muy frecuentes, y también lo son las situaciones de gran necesidad padecidas por vecinos nuestros. Por ello, este día nos invita a fortalecer nuestra decisión de prestar ayuda. “Lo que se necesita hoy en día, nos dice el Papa Francisco, es un compromiso renovado de proteger a cada persona en su vida diaria y de proteger su dignidad y sus derechos humanos, su seguridad y sus necesidades integrales”, así como “preservar la libertad y la identidad social y cultural de los pueblos, sin que esto comporte casos de aislamiento, sino favoreciendo también la cooperación, el diálogo, y sobre todo la paz”.

Cuando en nosotros está firme la determinación de no abandonar a nadie en su desgracia y dar lo mejor de nosotros mismos, no nos damos por vencidos en las situaciones críticas. Asumimos con responsabilidad lo mucho o lo poco que está a nuestro alcance realizar para ayudar a quienes han sido víctimas. Recuerdo que en una devastación muy grande, una jovencita llegó a donde se acogía a personas que habían quedado sin hogar, y expresó: “El río se llevó nuestra bodega, pero mi abuela dijo que trajera estos colchones, porque aquí hay personas que los necesitan”. La asistencia humanitaria “en primer lugar, hay que hacerla de una manera personal, y luego juntos, coordinando nuestras fuerzas e iniciativas, con respeto mutuo de nuestras diferentes habilidades y áreas de especialización, no discriminando, sino acogiendo”, dice el Papa.

En las desgracias no dejemos que su magnitud sea el centro de nuestra atención. Las estadísticas muchas veces son impresionantes, pero es necesario contemplar el rostro de quienes han sido víctimas. No amamos números. Amamos personas. Para quienes creemos en Jesús, es muy claro que el prójimo en desgracia es lugar de encuentro con el Señor y acogerlo es camino de vida eterna.

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