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75° Aniversario Carmelitas Misioneras de Santa Teresa Sanatorio Sagrado Corazón

Acapulco, Gro. 15 de junio de 2018.- Las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa en acción de gracias por 75 años de presencia misionera en el puerto de Acapulco, como comunidad hospitalaria del Sanatorio Sagrado Corazón.

Agradecidas con el Dios de la vida, se reunieron en torno a su presencia en la mesa de la Eucaristía, estuvieron acompañadas de familiares, amigos y personal sanitario que realiza junto con ellas la misión de servir a Cristo en el hermano que sufre a causa de la enfermedad.

Un agradecimiento especial a nuestro arzobispo don Leopoldo González González por su presencia y palabras, de cuya homilía compartimos un fragmento: “A todos los que han formado parte en estos años: religiosas, médicos, enfermeras, técnicos, personal de asistencia y de administración, quiero hacer sentir una sonrisa de Dios Padre, Dios sonríe al verlos porque ustedes son la primera respuesta que Él da a quien en la enfermedad y en el dolor le pide ayuda. Y una palabra de gratitud de parte del Señor Jesús, porque es a Él a quien han atendido en cada enfermo.

También quiero hacer llegar una sonrisa de ustedes a Dios Padre, porque es hermoso que Dios confíe en uno para cuidar a personas que le son tan queridas, es algo inmerecido. Y una palabra de gratitud al Señor Jesús, porque en ustedes ha tendido la mano a tantos enfermos en su dolor y sufrimiento.

Muy de corazón, expreso una palabra de reconocimiento y de gratitud de parte del Presbiterio de esta Arquidiócesis de Acapulco, porque es este sanatorio a donde acudimos en nuestras enfermedades y dolencias. Gracias, madres, porque ustedes han sido para nosotros parte de esa promesa que el Señor Jesús hace a quien lo sigue, de darle el ciento por uno de aquello que deja por Él.

La alegría de tanto bien hecho por todas las personas que han laborado en este Sanatorio, la vivimos en el Espíritu Santo, con la sencillez y humildad de quien reconoce que es Dios Padre quien nos hace mirar estas cosas, gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

Muy queridos médicos y enfermeras: su vocación y su misión necesita de estudio, de conciencia y de humanidad. De estudio, porque su saber representa una mejor atención al paciente y en muchos casos la intervención humana que puede aliviar el dolor o prolongar la vida. De conciencia, porque una corriente deshumanizada de nuestra cultura induce su profesión a ir contra aquello que constituye su objeto de cuidado, la vida.

Hemos de reconocer que el derecho fundamental de una persona es el derecho a la vida y que no existe una vida humana más sagrada que otra, desde el momento de la fecundación hasta su muerte natural. Se ocupa tener conciencia de su misión y estar atentos a rechazar la cultura del descarte que en base a la utilidad condena a muerte al no nacido, al discapacitado, al anciano.

De humanidad: esta palabra, humanidad, parece venir de “humus”, tierra, y la tierra acoge a todos y para todos produce sus frutos. Por ello, se califica de inhumana la conducta de quien cierra el corazón a una persona en su necesidad. Su misión requiere un alto grado de humanidad. La credibilidad de un sistema sanitario se mide sobre todo por la atención y el amor hacia las personas, cuya vida siempre es sagrada e inviolable.

Una palabra del Papa Benedicto XVI les llene de luz en su servicio diario: “Madurando la conciencia de que en el centro de la actividad médica y asistencial está la persona humana en condición de fragilidad, la estructura sanitaria se convierte en el lugar donde la relación de curación no es oficio, sino misión; donde la caridad del Buen Samaritano es la primera cátedra; y el rostro del hombre sufriente, el Rostro mismo de Cristo”.

Gracias a todos los presbíteros que nos aprecian y que en diversos momentos nos han apoyado en la asistencia sacramental al enfermo. Agradeceos también a nuestro párroco, el padre Arturo Nava, a nuestras hermanas CMST Casa General y Provincial y de diversas comunidades, al profesor Amílcar Montero Ávila, quien formó y dirigió el coro que entonó los cantos durante la Eucaristía.

A todos ellos infinitas gracias y oraciones por donarnos su voz y tiempo.

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